1.Necesito tiempo
2.Necesito espacio
3.¿Qué te hiciste en el pelo?
4.Vas a sentir un tironcito...
5.Te llamo.
6.El celular al que usted llama está apagado o fuera del área de cobertura.
7.Negro no tenemos más, tengo salmón rayadito o melón con botones.
8.Y tooooooda la gelatina y el líquido que quieras.
9.Perdoname que te lo diga así de frente, viste...
10.Cuando tengas tu casa, harás lo que quieras. Mientras vivas en mi casa...
11.Tenemos que hablar
12.El cajero está actualmente fuera de servicio.
13.(Por megáfono) ¡Las solteras a la torta!
14.No trabajamos tarjetas de crédito.
15.El sábado a las 15.30 es el babyshower de Laurita, ¿te acordás, no?
16.Te juro que es la primera vez que me pasa.
17.Si no me la prestás, le cuento a mamá.
18.Vivo con mi vieja porque estoy cómodo. Cuando sienta la necesidad de irme, me iré.
19.Es simpático, buen tipo.
20.¿Tenías turno?
21.¡Maaaaaaaaaaaaaaa, Laurita me está molestando!
22.Uh, me olvidé la billetera.
23.Respirá hondo...
24.Para mañana.
25.¿Talle como para vos?
26.Sos demasiado para mí.
27.Es hasta que se estiren. El cuero re cede.
28.Preguntale a tu padre.
29.¿Sabés cual es tu problema?
30.Ahora no puedo hablar
31.Usted tiene cero mensajes nuevos
32.Estoy confundido.
33.Hasta esa zona no llegamos.
34.¡Y nueve, y dieeeeeez! ... Y diez más!
35.¿Cómo una chica tan linda como vos no tiene novio?
36.Estás sobrecalificada para el trabajo
37.No sos vos, soy yo
38.Mail Delivery Subsystem - Delivery Status Notification (Failure)
39.A vos te quiero, a ella no
40.El domingo comemos en lo de mi vieja.
41.Es una amiga, nada más.
42.María Luz está de vacaciones, te va a atender RAMON.
43.Esto no sale con nada, señora.
44.Ahí los junto / Ahí voy / Ahí los lavo
45.A tu edad, ya estaba casada con tu padre y tenía a Laurita y a vos.
46.¿Te vino, no?
47.Se comunicó con el 1564200988. Después del tono, deje su mensaje.
48.4567 kcal per serving / Servings per package: 1
49.Otro día te cuento...
50.No.
Era hora de qe corte mirando los comentarios del blog, de leer una y otra vez la cantidad de pelotudeses (o textos de la gran madre) qe estan publicados aca y me ponga a escribir de nuevo...derramar por aquí los nuevos capítulos de mi vida. (Aunque siempre detesté qe la designaran como novela... Acaso no todo el mundo tiene una vida llena de retorcidas rutinas de montañas rusas?)
Bueno, esta vez no me robaron violentamente ni estoy llorando por un papafrita qe no lo merece. :)
Esta vez, estoy... como podría decirlo? Feliz. Sisi, creo qe se asemejaría a eso.
Usualmente, o por lo menos en mi experiencia, nunca noté cuando aprendí algo. Es decir... notar el momento específico en que mi conciencia hizo clic.
Es un poco complicado de decir todo esto... más que nada porque sé qe no lo va a leer nadie poco indicado, pero en un inento desesperado no se sabe qe puede pasar y por sobre todo, no quiero lastimar a nadie.
Pero pfff, necesito sacarme esto de ensima, en mi confesionario, como siempre.
Basta de barreras para hacer, decir o pensar.Esa es una de las conclusiones a las que llegue en este último tiempo de ausencia.
De repente me vi peleando contra viento y marea por algo que ni siquiera me hacia bien.
La rutina empezó a pesar y cada vez menos cosas tangibles nos servían como puentes entre uno y otro. No puede ser que el único momento en que nos llevaramos bien, era cuando dormíamos.
Y por más historias lindas, por más cuentos (de esos qe me encantan) que tengamos, no puede ser esa la base de una relación, una fantasía.
Pero es tan complicado... Porque yo si se lo qe es estar en esa posición de
Pero esta vez es inevitable. Necesito estar bien.
De pronto, mis amigos estaban ahí, nunca se fueron. Y siguen pasando las noches (las mismas que antes pasaba encerrada mirando series) y son incontables las carcajadas y de todo momento brota una anécdota...
Empieza una nueva etapa... esa que estoy esperando hace unos cuantos años y necesito estar bien, con todas las pilas para poder poner todo lo que soy en eso, que al fin y al cabo es lo que quiero para el resto de mi vida.
Yo nací sola y sola me voy a morir. No puedo pretender que nadie viva por mí, no puedo depender de nadie para vivir. Y ahí está mi lección: no puedo ni debo depositar mi mundo en otra persona. Es buenisimo poder compartir las buenas, las malas y las otras también... pero así como no puedo evitar que los demás sufran, no puedo depositar todas mis emociones en alguien más.
Lucía, Bancatela.
Así que aquí estamos...me fui de vacaciones una semana con mi mejor amiga... las dos solas. Ni de levante ni de joda ni de nada. Nos depejamos, salimos un poco de esta ensalada de bocinas y quilombos. Nos fuimos al mar.
Y conocimos gente de esa que vale la pena. Una piba de 69 nos enseñó muchas más cosas que la torta que me voy a poner a preparar cuando termine de escribir esto. Conocimos una mujer de 39 con retraso mental de una chica de 15. Tendrías que ver lo qe significa no tener maldad, lo lindo que se puede ser solamente sonriendo.
Encontramos una Frase: Don't look back in anger y nos la queremos marcar en la piel.
Porque es verdad... así como no podemos vivir en el pasado, deberíamos poder darnos vuelta y mirarlo sin rencor. De todo eso, algo aprendimos para ser lo que somos hoy.
No miremos atrás con rencor.
Así que así estamos. Por más que este texto no tenga una gran gramática ni la mejor redacción es un buen intento para ubicar en tiempo y espacio lo que esta pasando.
PD: Me parece que el clic de mi cabeza tiene nombre y apellido, pero eso es para otro post con otra onda en otro momento ;)
Hay personas q disfrutan d la desgracia ajena
Hay personas q les duele ver a la gente q los rodea, sufrir...
Hay personas q no puede vivir sin sus cosas materiales
Hay personas q saben apreciar lo que vale un beso...
Hay personas q no saben lo que tienen hasta que lo pierden
Hay personas q su unico lugar en el mundo es en la memoria de kien lo recuerden...
Hay personas q lloraron manantiales por lo que realmente no vale
Hay personas q se arrepienten
Hay personas q no entienden el por que de su llanto
Hay personas q se sienten solas rodeadas de gente
Hay personas q se enamoran
Hay personas q auqnue no tengan problemas auditivos no escuchan
Hay personas q roban
Hay personas q matan
Hay personas q no saben decir la verdad
Hay personas q se encierran en su interior hasta q la situación no da más no piden auxilio
Hay personas q te miran y t enamoran
Hay personas q son maravillosas (como kien tengo a mi lado en este momento)
Hay personas q son angelitos caidos del cielo
Hay personas q odian la monotonía
Hay personas q son grises
Hay personas q son felices con solo escuchar un te quiero
Hay personas q son arrogantes
Hay personas q hablan por detras
Hay personas q no saben lo que quieren
Hay personas q toman a sus pares como muñecos
Hay personas q fingen sentimientos
Hay personas q no son lo suficiente como para llamarse personas
Hay personas q las amo
Hay personas q odio con toda mi alma
Hay personas q viven conmigo
Hay personas q admiro
Hay personas q me hacen feliz
Hay personas q no entienden porque no kieren
Hay personas q no les dá
Hay personas q no tienen plata pero encuentran lo valioso en lo sencillo
Hay personas q saben apreciar el amor q les es dado
Hay personas q se cagan en todo
Hay personas q siempre tienen ua sonrisa
Hay personas q simulan felicidad para no lastimar a kien las ve
Hay personas q cuidan a kienes más kieren
Hay personas q son de otro planeta
Hay personas q darias la vida por ellos...
Hay personas q no se enamoran más q d si mismos
Hay personas q t lastiman
Hay personas q tenes ganas d matar
Hay personas q si t pones a pensar, tu vida no vale sin ellas....
Hay personas q nunk se van, cuando tendrían q hacerlo
Hay personas q t sacan una partecita de vos, con tan solo tomar un poco de distancia
Hay personas q consideran que el tiempo es bueno
Hay personas q no saben expresarse más q con acciones
Hay personas q toman como su solucion un psicologo
Hay personas q tienen q estar internadas en un lokero
Hay personas q son lokeras
Hay personas q t matan con cada lágrima
Hay personas q no t importan
Hay personas q fuman
Hay personas q toman
Hay personas q se drogan
Hay personas q son boludas
Hay personas q no sabn que hacer con su vida
Hay personas q t curan todas tus heridas con una caricia
Hay personas q t acompañan con solo estar a tu lado
Hay personas q le hablan a la luna
Hay personas q se merecen tu vida por su felicidad
Hay personas q saben cebar mate
Hay personas q lloran
Hay personas q sonrien
Hay personas q no sienten
Hay personas q saben q saben
Hay personas q se sorprenderían si supieran todo lo q saben
Hay personas q son locas
Hay personas q amas con toda tu alma
Hay personas q brillan más q el sol
Hay personas q son frías
Hay personas q son melosas
Hay personas q son insoportables
Hay personas q con lapiz y un papel hacen maravillas y otras, guerras
Hay personas q c ceban
Hay personas q explotan
Hay personas q creen
Hay personas q sueñan
Hay personas q saben que siempre hay algo mejor, solo hay q saber conseguirlo
Hay personas q son mediocres
Hay personas q viven
Hay personas q mueren
Hay personas q nacen
Hay personas q no saben lo que significa realmente, ser, mientras q respiran
Hay personas q se mueven por inercia
Hay personas q a todo le encuentran un sentido
Hay personas q no se ponen a pensar ni por casualidad
Hay personas q kieren ser
Hay personas q no la pelean
Hay personas q bajan los brazos
Hay personas q tienen miedo
Hay personas q son superficiales
Hay personas q viven bajo un disfraz
Hay personas q son vacias
Hay personas q no conocen lo que es el amor
Hay personas q con el amor, no les es suficiente
Hay personas q se preguntan
Hay personas q hablan solas
Hay personas q ven lo que no hai
Hay personas q pueden oír, sin poder escuchar
Hay personas q se casan
Hay personas q se divorcian
Hay personas q hacen el amor y no la guerra
Hay personas q saben entender
Hay personas q t dan vuelta la cara
Hay personas q vuelan sin alas
Hay personas q encuentran lo blanco en lo negro
Hay personas q sin saber por que te queman
Hay personas q aman el amor, sin entenderlo
Hay personas q no olvidan
Hay personas q no perdonan
Hay personas q no kieren olvidar
Hay personas q no se perdonan
Hay personas q no pueden esperar
Hay personas q no saben esperar
Hay personas q son aburridas
Hay personas q lloran con las peliculas
Hay personas q saben lo q quieren
Hay personas q no se juegan por lo que creen
Hay personas q no se animan
Hay personas q no leen
Hay personas q se descargan
Hay personas q no lo son
Hay personas q sufren
Hay personas q te hablan con los ojos
Hay personas q hieren
Hay personas q vienen
Hay personas q se van
Hay personas q se dejan llevar
Hay personas q se pierden
Hay personas q no ven más allá
Hay personas q no entienden
Hay personas q no resisten
Hay personas q son esclavas de si mismos
Hay personas q creen que el amor es una forma de vida
Hay personas q son felices con saber q aunque sea una sola persona en el mundo, los recuerda
Hay personas q vieven para ello
Hay personas q van a post
Hay personas q se comunican
Hay personas q estan solas
Hay personas q se dan cuenta tarde de las cosas
Hay personas q no se dan cuenta d las cosas
Hay personas q son sadomasokistas
Hay personas q son
Hay personas q son gays
Hay personas q van y viene al mundo sin dejar su huella
Hay personas q tienen ojos tristes
Hay personas q viven de sus recuerdos
Hay personas q juegan
Hay personas q no saben lo que es compartir
Hay personas q viven el momento
Hay personas q viven el futuro
Hay personas q no viven minuto a minuto
Hay personas q se adelantan
Hay personas q suponen
Hay personas q predican
Hay personas q predicen
Hay personas q aconsejan
Hay personas q dejan q las cosas sean como son
Hay personas q estan atadas
Hay personas q no se controlan
Hay personas q viajan
Hay personas q mantienen su espíritu siempre joven
Hay personas q siempre te sacan una sonrisa
Hay personas q realmente conocen lo q es la amistad
Hay personas q viven de lo q aparentan
Hay personas q lloran en silencio
Hay personas q mueren en vida
Hay personas q envidian
Hay personas q son fieles
Hay personas q no soportan ver la felicidad ajena
Hay personas q son extrañas
Hay personas q lloran por amor
Hay personas q buscan la felicidad
Hay personas q beben para no enamorarse
Hay personas q se enamoran para no beber
Hay personas q cumplen años
Hay personas q inventan mundos paralelos
Hay personas q son persistentes
Hay personas q viven sin ser amadas
Hay personas q son un error
Hay personas q no sienten el tiempo
Hay personas q cargan con su cruz
Hay personas q se expresan
Hay personas q gritan
Hay personas q duermen
Hay personas q callan
Hay personas q violan
Hay personas q son enfermas
Hay personas q se dicen lo importante que son el uno para el otro
Hay personas q no creen en el destino
Hay personas q c equivocan
Hay personas q lo vuelven a intentar
Hay personas q no pierden la esperanza
Hay personas q no tienen coraje
Hay personas q viven en una novela
Hay personas q son extraordinarias
Hay personas q son maduras por fuera y podridas por dentro
Hay personas q miran
Hay personas q ven
Hay personas q tienen los ojos chinos
Hay personas q coleccionan constelaciones en sus ojos
Hay personas q enloquesen
Hay personas q venden
Hay personas q son inseguras
Hay personas q celan
Hay personas q trabajan
Hay personas q son mantenidas
Hay personas q saben como son las cosas
Hay personas q prefieren no verlo
Hay personas q no entienden que ya no existe ese juego q los hacía felices
Hay personas q jugaron con la energia de todo un país
Hay personas q brillan por si mismas
Hay personas q piensan que el espejo dice la verdad
Hay personas q de tanto soñar nunk despiertan
Hay personas q se ciegan
Hay personas q queman la cabeza d kienes estan con ellos (chikos los amo!)
Hay personas q tienen valores
Hay personas q se rebelan
Hay personas q creen que en la muerte se encuentra la vida
Hay personas q no conocen la electricidad
Hay personas q se enojan
Hay personas q conocen a kienes estan con ellas
Hay personas q pensando que tienen muchos amigos, solo estan rodeados de conocidos, q algun día se irán
Hay personas q estuvieron
Hay personas q quisimos
Hay personas q recordamos
Hay personas q solo conocemos en sueños
Hay personas q nos roban un suspiro
Hay personas q cantan
Hay personas q son hermitaneas
Hay personas q son diferentes
Hay personas q se amarran
Hay personas q miran el cielo q los une, más q la tierra q los separa
Hay personas q creen en lo terrenal
Hay personas q encuentran lo divino en un amanecer
Hay personas q aman el mar
Hay personas q son como mulas
Hay personas q encuentran su principe azul
Hay personas q viven en su mundo ideal
Hay personas q nunca dejan de sentirse más q plebeyas
Hay personas q esperan el día en q alguien las salve
Hay personas q se aman más allá del status social
Hay personas q comen y vuelan
Hay personas q traicionan
Hay personas q actuan
Hay personas q se ganan el pan
Hay personas q se gana el oscar
Hay personas q se ganan una piña
Hay personas q se ganan un gran paquete de nada
Hay personas q hacen chistes
Hay personas q no entienden la magia de un mimo
Hay personas q quieren a los amigos como hermanos y a los hermanos como amigos
Hay personas q no conocen lo que es una familia
Hay personas q c escapan
Hay personas q no conocen la libertad
Hay personas q sueñan con ella
Hay personas q viven y se desviven por alguien
Hay personas q son ególatras
Hay personas q son narcisistas
Hay personas q les gusta la oscuridad
Hay personas q les gusta la soledad
Hay personas q no saben lo q se pierden
Hay personas q te dan bronca
Hay personas q no salen
Hay personas q no cortan el cordon umbilical
Hay personas q no le temen a la muerte
Hay personas q dan más luz con una sonrisa que el mismísimo sol
Hay personas q se la agarran con los despertadores cuando suenan
Hay personas q son cavernicolas
Hay personas q juegan solas
Hay personas q te entristecen
Hay personas q son pobres y su riqueza es incalculable
Hay personas q tienen corazón de piedra
Hay personas q son gangosas
Hay personas q hablan muchos idiomas y aún así, no se expresan
Hay personas q te conocen demasiado
Hay personas q hablan sin vos
Hay personas q te quedan por conocer
Hay personas q valen la pena
Hay personas q mejor que no las hubieras conocido
Hay personas q son niños eternamente
Hay personas q no crecen
Hay personas q son maduras
Hay personas q solo aparentan serlo
Hay personas q tienen
Hay personas q les falta
Hay personas q son vegetarianas
Hay personas q la belleza la llevan en el interior
Hay personas q se basan en lo q dicen los demás
Hay personas q niegan
Hay personas q besan por besar )
Hay personas q estan con alguien por miedo a estar solos
Hay personas q copian
Hay personas q imitan
Hay personas q admiran
Hay personas q te hacen ver las estrellas con los ojos cerrados
Hay personas q estafan
Hay personas q tienen perros
Hay personas q son perros
Hay personas q son raras
Hay personas q atraen
Hay personas q llaman
Hay personas q entienden lo q es el perdon
Hay personas q solo son
Hay personas q estan conformes con lo que son
Hay personas q no kieren ser
Hay personas q kieren cambiar
Hay personas q son como yo
Hay personas q son como vos...
Te puedo hablar a vos???
Si a vos, pebeta enamoradiza.
A vos que te enamoras de cualquier cosa con pito queanda por ahi......
A vos que conociste el pibe numero 574839187623.......y decis:
este si, es.......divino, es lo que estaba esperando....
Y que haces????
dejas el celular prendido 25 hs. al dia,......
esperando que te llame, y si te agarran ganas de cagar, te la bancas, por..... si te llama justo...... cuando estas haciendo fuerza.... Durante una semana, te vestis como una reina, y crees........ ciegamente que te va a llamar, y le sonreis a cualquier albañil retobado,... y te pones perfume todo el dia,..... te peinas cada 5 minutos, y te depilas cada 2 horas,..... para estar lista, porque sabes que esta por llamar!!!!!!!!!!!!
Y suena el telefono!!!!!!!!!!! que hasta lo pusiste en vibrador....... para que sea mas emocionante....
y transpiras!!!!!!.
y tu sonrisa sale de tu cara!!!!
y miras la pantallita...
y seguis esperando...... porque no es el.
Pero no te importa,...... volves a tu casa contenta, porque pensas que va a estar...... en la puerta con un ramo de flores, arrodillado, no, mejor tirado en el piso,.... pidiendote disculpas!!!!!
Y llegas, pero esta el portero, que te dice que no llego ni la revista de cablevision..... y como todavia no llamo, que haces???
¡¡¡¡Lo llamas!!!!! 'Pero no te atiende porque se fue a cagar o... mejor dicho a cagarte!!!!!.
Pero vos lo entendes, y le das otra oportunidad.....
seguro te mando un mail!!!!!!
Y que haces???
Prendes la computadora....
contenta..... , estas segura que te mando una declaracion cibernetica.... donde explica todo...pero ningun mensaje nuevo.
Y te sacás... te calentas y sacas puteadas a cuatro vientos!!!
y que haces???
Bien, llamas a todas tus amigas y les quemas el cerebro con la inexplicabilidad de los hechos. Y recordas que ya te paso lo mismo....
y que haces???????
Puteas, queres que se haga mierda contra un puente, y que pierda la memoria y que lo unico que recuerde es lo bien que te lo coges!!!!!!!
y decis: ' a este no lo atiendo nunca mas!!!!!!' se va a arrepentir toda su vida!!!!! y suena el telefono....
y ahi esta ese numero...que esperaste toda la semana, titilando en tu pantallita!!!....
y que haces?????
fuck!!!!!!!!! lo atendes!!!!!
NOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Que haces??????
sos enfermita????? Sado pelotuda????... ¡¡Asi no!!!!!
Sabes lo que te va a pasar????
Te va a decir que estuvo ocupado, que se reunio con Clinton, en la casa amarilla, que no durmio en toda la semana por tanto laburar y que se olvido el celular en la casa de una tia lejana!!!!!
Y le vas a creer..... porque sos pelotuda!!! y lo peor es que te va a invitar a salir.... y todo lo que puteaste y lo que le tenias planeado decir, te lo vas a meter en el orto!!!!!!.. y vas a terminar en su cama!!!! durmiendo con el enemigo y ... despues te va a meter en el auto, y te va a tirar en el hall de tu casa.... de donde nunca deberias haber salido!!!!!!
y que haces????
Prendes el celular por si llama..... y esperas un rato laaaaaaaaaaaargo!!!!!!
Haceme caso..... espera a que te llame pero mientras llamá, a otro!!!!!
Agarra tu banco suplente y armate un partidito de reserva....
Divertite... deja que te emboquen, que festejen sus goles, pero mandalos al banco antes de que se le suba la fama a la cabeza.
Llama a tus amigas y sali a putanear, quien te dice que no hay algo mejor por ahi????
Empedate, enfiestate, no seas sana!!!!!
Pero cuidate, dejate de joder que todavia hay cabezas que cortar y ni te digo las velas por soplar!!!!!!!! y como dice el tango:
cagate en los machos!!!!! el hombre es problematico y febril, el que no ronca se mama y el que esta bueno es un gil!!
El mate no es una bebida. Bueno, sí. Es un líquido y entra por la boca. Pero no es una bebida. En este país nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como rascarse. El mate es exactamente lo contrario que la televisión. Te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo.
Cuando llega alguien a tu casa la primera frase es "hola" y la segunda "¿unos mates?". Esto pasa en todas las casas. En la de los ricos y en la de los pobres. Pasa entre mujeres charlatanas y chismosas, y pasa entre hombres serios o inmaduros. Pasa entre los viejos de un geriátrico y entre los adolescentes mientras estudian o se drogan. Es lo único que comparten los padres y los hijos sin discutir ni echarse en cara. Peronistas y radicales ceban mate sin preguntar. En verano y en invierno. Es lo único en lo que nos parecemos las víctimas y los verdugos. Los buenos y los malos .
Cuando tenés un hijo, le empezás a dar mate cuando te pide. Se lo das tibiecito, con mucha azúcar, y se sienten grandes. Sentís un orgullo enorme cuando un esquenuncito de tu sangre empieza a chupar mate. Se te sale el corazón del cuerpo. Después ellos, con los años, elegirán si tomarlo amargo, dulce, muy caliente, tereré, con cáscara de naranja, con yuyos, con un chorrito de limón. Cuando conocés a alguien por primera vez, te tomás unos mates. La gente pregunta, cuando no hay confianza: ¿Dulce o amargo? El otro responde: -Como tomes vos. Los teclados de Argentina tienen las letras llenas de yerba. La yerba es lo único que hay siempre, en todas las casas. Siempre. Con inflación, con hambre, con militares, con democracia, con cualquiera de nuestras pestes y maldiciones eternas.
Y si un día no hay yerba, un vecino tiene y te da. La yerba no se le niega a nadie. Éste es el único país del mundo en donde la decisión de dejar de ser un chico y empezar a ser un hombre ocurre un día en particular. Nada de pantalones largos, circuncisión, universidad o vivir lejos de los padres. Acá empezamos a ser grandes el día que tenemos la necesidad de tomar por primera vez unos mates, solos. No es casualidad. No es porque sí. El día que un chico pone la pava al fuego y toma su primer mate sin que haya nadie en casa, en ese minuto, es porque ha descubierto que tiene alma. O está muerto de miedo, o está muerto de amor, o algo: pero no es un día cualquiera.
Ninguno de nosotros nos acordamos del día en que tomamos por primera vez un mate solos. Pero debe haber sido un día importante para cada uno. Por adentro hay revoluciones. El sencillo mate es nada más y nada menos que una demostración de valores... Es la solidaridad de bancar esos mates lavados porque la charla es buena, la charla, no el mate.
Es el respeto por los tiempos para hablar y escuchar, vos hablás mientras el otro toma y viceversa. Es la sinceridad para decir: basta, cambiá la yerba! Es el compañerismo hecho momento. Es la sensibilidad al agua hirviendo. Es el cariño para preguntar, estúpidamente, ¿está caliente,no?
Es la modestia de quien ceba el mejor mate. Es la generosidad de dar hasta el final. Es la hospitalidad de la invitación. Es la justicia de uno por uno. Es la obligación de decir "gracias", al menos una vez al día. Es la actitud ética, franca y leal de encontrarse sin mayores pretensiones que compartir. Ahora vos sabes, un mate no es sólo un mate...

Símbolo: Osiris
Palabra de poder: Yo deseo
Simbología:
Es simbolizado como el dios de la muerte. Además representa la autoridad y el liderazgo.
Características:
1. Se lo considera honorable. Posee seguridad en sí mismo y defiende su territorio.
2. Es sincero, inteligente y carismático. Posee un gran sentimiento de lealtad y es de jugar limpio y con justicia.
3. Puede aguantar mucha tensión. Su mente hace de ellos buenos consejeros, sacerdotes o psicólogos.
4. En el amor, son pasionales y posesivos. Buscan un compañero fuerte y sensual.
5. Es luchador y no descansa hasta lograr sus objetivos. En el amor, atraerá a sus parejas de tal forma que no querrán alejarse jamás.
Planeta regente:
Es Plutón y los dotará de una gran energía que los volverá invencible.
Objetivo de vida:
Guiar, curar, investigar y crear. Sus persistentes ideas y su insistencia lo convierten en líder en donde se encuentre. Una de sus misiones más relevantes es proteger a los demás, enseñar con entereza y valor a vivir el amor en profundidad.
Cualidades:
Es intenso, fogoso, pasional y extremista. Vivirá cada momento con intensidad y sus emociones serán profundas y duraderas. Tendrá la capacidad para descubrir secretos, investigar y sanar.
Defectos:
Algunas veces pierde la paciencia fácilmente. Sus celos pueden llegar a ser desmedidos, perdiendo el control.
Misión para evolucionar:
Necesita comprender como controlar la ansiedad, la agresividad, la obstinación y su inclinación hacia la venganza. Además deberá aprender a evitar las conductas extremistas e inquebrantables, su deseo de manipular a los demás y la tendencia al egoísmo.
Un día como hoy, hace 70 años, moría Sigmund Freud.
Durante dos días nadie vino a expulsarla del paraíso.La señorita Leonides estaba encantada, verdaderamente encantada. Pero su situación no era todavía segura. Reposaba sobre la cuerda floja de una alucinación. Y la alucinada a ratos se quedaba mirándola fijamente, como en el tranvía. La señorita Leonides esperaba un estallido: “¿Quién es usted? ¿Y qué hace aquí, en el dormitorio de mi madre? Vamos, lárguese, lárguese rápido”, y entonces ella tendría que emigrar del edén. Otras veces la joven se sonreía como para sí, con aquella sonrisa solapada que despertaba en la señorita Leonides las más negras sospechas. “¿Será una simuladora?”, pensaba. “¿No me habrá traído aquí quién sabe con qué intenciones?” Pero no, ¿qué intenciones? Si excepto en esos raros momentos en que parecía extraviarse dentro de su propio extravío, ¡la muchachita era tan dócil, tan diligente y sumisa! No había más que decir: “querida, querida” y la muñequita correteaba sobre sus piernecitas como si le hubiesen dado toda la cuerda. Y había que ver cómo la atendía. Como a una reina.Pero por las dudas la señorita Leonides tenía el ojo atento. Por las dudas, trataba con extrema cortesía a la guardiana del paraíso, no le hacía preguntas, no averiguaba nada. Por las dudas, se peinó con la raya al medio. No volvió a abandonar el dormitorio. Era su propiedad, su fortaleza y su refugio. Que en la planta baja sucediera lo que sucediere, le daba lo mismo. ¿Dónde dormía la joven? No lo sabía. ¿De dónde sacaba el dinero? Tampoco lo sabía. No lo sabía ni le interesaba. No tenía por qué arriesgarse por esos dédalos que podían hacer trizas su identificación hipostática con la difunta. No abandonaba, casi, el lecho, sino para reemplazarlo por la bañera, que llenaba de agua tibia y chorros de perfume, y donde permanecía horas y horas, con el agua al cuello y gimoteando de placer. Pensaba en su casita como en un lejano mundo sórdido al que, más adelante, debería regresar. Pero entretanto estaba viviendo un largo día de fiesta. Y en cuanto al mal olor, ¿qué mal olor? Ella no percibía ningún mal olor. La señorita Leonides estaba encantada, verdaderamente encantada.La chica había vuelto a servirle una copita de aquella diabólica bebida. Luego trajo la botella, y las dos se sirvieron. Un repentino dinamismo acometió a la señorita Leonides.—Queridita —dijo alzando los hombros y frunciendo la nariz, como quien va a proponer una picardía—, ¿qué te parece si me pruebo uno de esos vestidos?La joven lanzó una risa estridente (que a la señorita Leonides no le cayó nada bien), movió para todos lados la cabezota de títere y se precipitó a abrir el ropero. La señorita Leonides saltó fuera de la cama y, de pie frente al espejo de luna, fue colocándose uno tras otro los vestidos que, con toda evidencia, habían pertenecido a la falsa Leonides de la fotografía. No le quedaban mal. Un poco cortos, tal vez, y algo holgados. ¡Pero eran tan hermosos! La señorita Leonides se contemplaba en el espejo, giraba sobre sí mismo, quería verse de espaldas y de perfil, exclamaba a cada rato siempre lo mismo: “¡Pero si es un modelo, un modelo!”.La muchacha se había sentado en el suelo y desde allí presenciaba con cara ambigua los sucesivos avalares de la señorita Leonides. De tanto en tanto (¿al azar? ¿O cuando el vestido le quedaba particularmente bien? ¿O particularmente mal? ¿Cómo saberlo?) se reía chillonamente. Se reía estúpidamente. Como lo que era. Como una loca. “¿Estará burlándose de mí?”, pensaba la señorita Leonides con alguna inquietud y una pizca de cólera.Se sirvieron otra copita.La señorita Leonides trataba ahora de embutirse dentro de un traje de noche, de seda negra. Después quiso agregarle una estola de piel. Después la chica, extrañamente excitada, extrajo de algún mueble una caja de afeites, y la señorita Leonides se coloreó los labios y las mejillas.Se sirvieron otra copa.—¡Alhajas! —vociferó de pronto la señorita Leonides. —¿Dónde están mis alhajas? Necesito un collar, una pulsera, aros.La joven buscó febrilmente por todas partes, la señorita Leonides la secundó, revolvieron toda la habitación, encontraron un cofre vacío, varios estuches también vacíos, pero ni una modesta sortija apareció.No importaba. Con paso ondulante la señorita Leonides regresó junto al espejo y volvió a admirarse. ¿Era ella esa mujer peinada con raya al medio, pintarrajeada, de ojos de tigre, el cuerpo enfundado en un ajustadísimo traje de seda y con una capa de piel cubriéndole apenas los hombros desnudos?Bebió otra copa.Y de golpe se echó a llorar. No sabía por qué lloraba. Pero lloraba. Las lágrimas le corrían por las mejillas, arrasaban los cosméticos, le saltaban al escote, mojaban la seda del vestido.(La marioneta ya no se reía. Estaba inmóvil y observaba a la señorita Leonides con el ceño fruncido).En ese instante se oyeron lejos, en la planta baja, varios golpes.La niebla alcohólica se disipó como una burbuja dentro de la cabeza de la señorita Leonides.—¿Qué es? ¿Qué son esos golpes? —preguntó con voz queda.La chica se había puesto velozmente de pie y corría a espiar desde el balcón.—¿Quién es? Por favor, ¿quién es? —repitió la señorita Leonides, sin osar moverse de su sitio.—Encarnación y Mercedes —cuchicheó la joven, separándose del balcón y atravesando a la carrera el dormitorio.—Por favor, por favor —rogaba la señorita Leonides— No les digas que estoy aquí.Pero ya la joven había desaparecido.La señorita Leonides siguió clavada en el piso. Vestida de fiesta, con la capa sobre los hombros y la cara hecha un desastre, ofrecía, a cambio de no ser descubierta, e! holocausto de la más absoluta inmovilidad.Pero al cabo de media hora ese cadáver se recobró, y la curiosidad sucedió al pánico. Se descalzó, se quitó la estola de piel, y procurando volverse ingrávida inició el descenso a los infiernos. Ahora no se orientaba por una luz, sino por varias voces de mujer que parloteaban en uno de los aposentos del frente. Llegó a una salita y luego a un antecomedor. Desde allí, y a través de una puerta de vidrios cubierta con un cortinaje de tul, distinguió a las visitantes, familiarmente repantigadas en sendos sillones. Eran dos viejas de pelo blanco. La chica se había sentado en el borde de una silla y miraba obstinadamente el suelo, con el aire de un reo que comparece delante de un tribunal.—Cecilia —decía en ese momento una de las viejas, cuya voz, ronca y curiosamente metálica, se cortaba a cada sílaba y hacía recordar el balido de una cabra—, ayer estuvimos en el cementerio. Sobre la tumba de tu pobre madre no había ni una flor. Se ve que hace mucho tiempo que no vas por allá. ¿Te parece bonito?Otra voz, tarda y pastosa, un chorro de aceite goteando sobre la arena, agregó:—Tu pobre madre ha muerto, Cecilia. Tenés que convencerte, y no andar buscándola por la calle. ¿Me oís?—¡Mercedes! —la amonestó la primera vieja.—Pero es que...—Callate.Hubo un silencio. Cecilia (de modo que se llamaba Cecilia) jugueteaba con la falda del vestido, se sacudía toda. ¿Lloraba?La cabra golpeó con la pezuña en el piso y bababaló:—¿Y ahora de qué te ríes? No te rías. Te ordeno que no te rías, Cecilia. Hola, hola, me parece que hueles a alcohol. ¿Has bebido? Es lo único que faltaba. Que te emborrachases.—Sales a tu padre —rezongó la otra vieja.—¡Mercedes!—Pero es que...—Callate.Otro silencio, y el balido recomenzó:—¿Y hoy qué pasa, que nos tienes aquí sin servirnos el té? Vamos, Cecilia, apúrate.La joven se puso de pie y corrió hacia los fondos de la casa, tal como si la señorita Leonides le hubiera dicho: “querida querida”. “Por lo visto”, pensó la señorita Leonides, “cualquiera puede darle cuerda a mi muñequita”. Y sintió una especie de celos.Durante un rato en el comedor no pasó nada. Las dos viejas permanecían rígidas y mudas como estatuas. Pero de pronto esa inmovilidad se quebró. Y la señorita Leonides, atónita, asistió a una escena tan impecablemente jugada que en seguida comprendió que aquellas dos actrices venían representándola desde hacía mucho tiempo. Mercedes, rechoncha y de andar plantígrado, se ponía de pie, se dirigía hacia la puerta del comedor, desde allí vigilaba el regreso de Cecilia. Una pausa, y ahora era Encarnación la que se levantaba, erguía un largo cuerpo de ofidio, iba derechamente hacia una vitrina, la abría, con movimientos limpios como pases magnéticos se apoderaba de algo, lo guardaba en su bolso, cerraba el mueble, volvía al sillón y se sentaba. A poco Mercedes se le reunía. Las dos mujeres se transformaban de nuevo en esfinges. No se oía ni el zumbido de una mosca.La única espectadora de aquella pantomima, desde su escondite, hervía de indignación. Aprovechó la algazara que levantaron las dos viejas cuando Cecilia apareció con el té para escabullirse fuera del antecomedor. Durante más de una hora se paseó de un extremo al otro del dormitorio. Y si desde abajo oían sus pisadas, mejor. Se le importaba un rábano. “Ladronas, ladronas”, mascullaba. Ahora estarían atracándose con el té que les había preparado la pobre chica. Y un rato antes, como dos arcángeles, la cubrían de reproches. Miren quiénes. Arrastradas. Arrastradas. Arrastradasarrastradasarradas.Se sentó en el sillón de terciopelo y esperó. Debió esperar casi una hora, porque las dos viejas canallas no se fueron sino con las primeras sombras de la noche. La señorita Leonides no había encendido, por prudencia, la lámpara. Miraba, abstraída, el fuego, cuyas reverberaciones, iluminándola desde abajo, le convertían el rostro en una calavera púrpura que hacía guiños.Cecilia entró en el dormitorio, se sentó en el suelo y, como parecía ser su costumbre, apoyó la cabeza en las rodillas de la señorita Leonides. Aparentaba hallarse singularmente alegre. Las palabras de las visitantes, por lo visto, habían resbalado sobre ella sin herirla.“Aún le dura la borrachera”, pensó la señorita Leonides. Y dijo:—¿Ya se han ido, por fin, esas dos?La mata de pelo rubio se agitó de arriba hacia abajo y empolló una risita.—Y tú que me asegurabas que no vendría nadie... —prosiguió la señorita Leonides.Nuevos gorgojeos de hilaridad explotaron bajo el plumón rubio.—¿Les has hablado de mí?Nada.—Cecilia, ¿les hablaste de mí?El plumón se infló, tembló, se levantó, se echó hacia atrás, descubrió el huevo del rostro.Una sonrisa de desvarío crispaba aquellos labios. Los ojos refulgían. Miraba a la señorita Leonides con horrible sorna, como haciéndola cómplice de una befa atroz.Y en un tono viscoso, molusco, alabeado, baboseó:—Te creen muerta.La señorita Leonides, sobrecogida, desvió la vista.
Después, todo sucedió como en el juego de la oca loca, en el que una ficha avanza lentamente, caprichosamente, deslizándose aquí, deteniéndose allá, por un camino zigzagueante dibujado sobre un cartón multicolor, y otra ficha, más atrás, la sigue, marchando ella también a intervalos, hasta que de súbito, y cuando el azar lo dispone, la segunda ficha alcanza a la primera y entonces las dos, la perseguida y la perseguidora, saltan fuera del camino y van a encerrarse juntas en un escaque como en una fortaleza.
La señorita Leonides entró en el Santísimo Sacramento, oyó (ay, distraídamente) misa, volvió a salir, desde el atrio espió los alrededores, no vio a la muchacha de luto (la muchacha de luto estaba dentro del templo, de pie entre dos confesionarios, en un rincón penumbroso), descendió a la calle y tomó por San Martín hacia el Norte.
Atravesar la plaza le acarreó dos disgustos. El primero: aquella pareja. ¿Cómo es posible tener deseos de abrazarse y de besarse en una plaza, a las ocho de la mañana? Pasó frente a ese triste espectáculo haciendo como que no lo veía. Pero oyó. Oyó la risa de la mujer. La señorita Leonides apretó los labios. Arrastrada. Arrastrada. Arrastradarrastradarrastrada.
El segundo disgusto: los muchachones. No hay, en todo el universo de galaxias y nebulosas, nada tan temible como una horda de muchachones. No se sabe cómo se forman, de dónde provienen, pero allí están más unidos que los bulbos de una raíz, enredados en un intrincamiento de palabrotas y ademanes obscenos, adheridos unos a otros hasta formar una sola masa coralígena. Mírenlos. Se saludan a zarpazos. Casi no hablan. Se entienden con risitas, con guiños, con fórmulas en clave. Adoptan un aire sigiloso y taimado como si estuvieran tramando quién sabe qué complot. Y si una mujer pasa junto a ellos, todos la miran, ya torvamente, ya con arrogancia, como si le conocieran algún secreto y la amenazaran con divulgarlo. Pero nunca .son más feroces que cuando están instalados en sus esquinas como en un aduar. Hay que ser mujer y atravesar ese campo minado para saber lo que es el ludibrio y el vejamen del sexo. Créanle a la señorita Leonides.
Y bien; su ojo de lince le descubrió desde lejos el peligro. Una banda de muchachones venía a su encuentro. La señorita Leonides dio media vuelta y se volvió por donde había venido. Tuvo que pasar otra vez frente a la pareja (y la mujer, otra vez, se rió provocativamente. “Me gustaría verte muerta”, pensó la señorita Leonides), tuvo que bajar escalones, subir escalones, caminar varias cuadras de más. Pero todo es preferible.
A las nueve llegó al cementerio. Visitó los tres monumentos iguales, de mármol gris. Leyó, como lo hacía siempre, en una especie de saludo, las inscripciones que ya comenzaban a borrarse. Aquiles Arrufat. † 23 de marzo de 1926. Leonides Liegat de Arrufat. † 23 de marzo de 1926. Robertito Arrufat. † 23 de marzo de 1926.
“Hoy no les he traído flores”, les explicó en voz alta, “porque las que traía me las manchó esa mujerzuela, ustedes saben, esa Natividad”.
Deambuló un rato entre las bóvedas y los panteones. Al doblar un recodo, inopinadamente, la vio.
Estaba allí, a pocos metros de distancia, como cerrándole el paso. La señorita Leonides se detuvo y las dos se miraron.
Ahora podía observarla mejor. Era de baja estatura, un poco gorda, de gordas piernas cortas. La cabeza, demasiado grande para aquel cuerpo, lo parecía aún más a causa de la profusa cabellera rubia que la enmarcaba. El rostro, ancho y de facciones algo toscas, irradiaba inocencia y bondad, como el de una campesina, y esta semejanza se veía acentuada gracias a una suerte de arrebol, a un curioso abotagamiento que congestionaba aquellos rasgos ya de por sí esponjados, como si la joven sostuviera un enorme peso sobre la cabeza. Por lo demás, vestía ropa de calidad. En cambio, no se le veía ninguna alhaja. Ni guantes, ni cartera, ni sombrero. Y eso era todo.
“Vaya”, pensó la señorita Leonides con alivio, “si es una pobre chica inofensiva. Me da la impresión de una extranjera que se ha perdido y quiere preguntarme cómo volver a su casa. Francamente, no sé por qué he hecho tantas historias arriba del tranvía”.
Era todo y no era todo. Pues alguien nos ha mirado largamente y ha llorado. No se llora porque sí. Después nos ha seguido a través de media ciudad, hasta que volvemos a enfrentarnos. Entonces nuevamente nos mira. Ya no derrama lágrimas absurdas. Ahora se queda inmóvil, en una actitud de ofrecimiento y renuncia, de súplica y resignación. Y cediéndonos la iniciativa, aguarda dolorosamente qué es lo que haremos. Se necesita ser de hierro para rehusarse y pasar de largo. Esa presencia allí es una pregunta que es necesario contestar, por sí o por no. Hay que decidirse. Y la señorita Leonides no era de hierro. Era de cera y de manteca. De modo que la señorita Leonides, sin pensarlo más, se decidió.
Quiero decir que se sonrió. Y como si esta sonrisa hubiera abierto de golpe una hendedura en su espíritu, la señorita Leonides se precipitó al vacío e, incapaz de dominar sus movimientos, hizo varios ademanes, como un saludo. Fue suficiente. Un vertiginoso mecanismo entró en función. Como lanzada por una mano brutal, la muchacha se abalanzó sobre Leonides y la abrazó, se aferró a su cuello, apoyó la cabeza en su magro busto de solterona, todo su cuerpo le vibraba como si estuvieran flagelándola. Y entretanto, debajo de la mata rubia se oía un llantito, o una risa convulsa, un estertor de animalito enloquecido, una cantilena inarticulada que paulatinamente se transformó en una palabra, una sola, repetida en el tono del más delirante arrobamiento:
—Múa, múa, múa, múa múa.. .
La señorita Leonides parpadeaba de estupor.
Hasta que la cantilena fue extinguiéndose, la enorme mata de pelo rubio se agitó y se separó del pecho de la señorita Leonides; debajo, tímidamente, como una bestezuela recelosa, apareció el rostro de la muchacha. Con una especie de pánico la señorita Leonides la miró. La miró, y no vio los surcos de seda de las lágrimas, ni la frente que brillaba de sudor, ni la sonrisa espectral, ya dolorosa, ya regocijada que aparecía y desaparecía incesantemente entre los labios, ni la garganta hinchada como un buche de paloma. La señorita Leonides vio únicamente los ojos. Así, con esos mismos ojos, la había mirado Robertito aquel 23 de marzo de 1926. Una piedad inmensa y una infinita dulzura la poseyeron. Supo que ya no podría evadirse. Había caído en una red. Estaba capturada, enjaulada, vendida. Ahora la conducirían a donde su cazador lo dispusiese.
La joven la tomó del brazo y ambas salieron del cementerio.
Atravesaron otra vez la ciudad. Caminaban juntas y abrazadas, como dos íntimas amigas, o como madre e hija. No cruzaron una palabra. La señorita Leonides daba sus enérgicas zancadas de soldado y miraba el suelo. Se sentía perpleja, excitada, turbiamente feliz. El sesgo que tomaba su aventura con la joven de luto le producía una especie de embriaguez. ¿Qué iría a ocurrirle? Pero no quería hacer conjeturas. Sucediera lo que sucediere, ella estaba pronta. Pues a menudo, enferma de soledad, había soñado que en este poblado mundo había alguien que conocía su existencia, que necesitaba de ella, que la esperaba y la buscaba, y que alguna vez la encontraría y se la llevaría consigo. Y ahora esa loca fantasía dejaba de serlo. Pero no hay que interferir en la delicadísima mecánica de la magia con un pedido de explicaciones. Hay que someterse y dejarse gobernar. La señorita Leonides no se atrevía ni a echarle a la joven una miradita de soslayo por temor de que el sortilegio se quebrase.
Pero el sortilegio no se quebraba, el sueño proseguía, la muñequita rubia y regordeta continuaba trotando a su lado; sentía, bajo el suyo, su brazo rollizo, incesantemente sacudido por ramalazos eléctricos. Y ella avanzaba, avanzaba. ¿Hacia dónde? No lo sabía, no quería saberlo.
Así llegaron a la calle Suipacha. Llegaron a ese tramo de Suipacha que va desde la Diagonal Norte hasta la Avenida de Mayo y donde no se ven sino tiendas, tiendas y tiendas, y mujeres que husmean los escaparates de las tiendas.
Hay allí, a la sombra de los grandes edificios modernos, una antigua casona en la que nadie repara. Lleva (o llevaba hasta hace poco tiempo) el número 78. Tiene dos ventanas enrejadas en la planta baja, tiene una puerta de doble hoja: con dos fúnebres llamadores de bronce; tiene en el piso alto un largo balcón saledizo y no tiene más, como no sea una enorme grieta que la cruza como una fatídica cicatriz o como el dibujo de un rayo en una cándida acuarela. A su izquierda una tienda, a su derecha otra tienda, enfrente el muro de San Miguel Arcángel, la casona hace todo lo posible para pasar inadvertida, como si la avergonzasen su fea facha y su vetustez. No hace falta, nadie se fija en ella. Se la saltean como a un terreno baldío. Si la miran, en seguida la olvidan. Acaso alguna pareja de novios, durante la noche, se acoge a su amparo, pero es para besarse, no para ocuparse de arquitectura. De modo que la casona está allí y es como si no estuviera; está allí por omisión, como si por una fisura entre los dos edificios que la flanquean hubiese salido a la superficie una excrecencia, un escombro de la ciudad colonial, la que ahora yace sepulta bajo los rascacielos y las torres. A la tienda de la derecha y a la tienda de la izquierda les bastaría aproximarse un poco más la una a la otra, y como una tenaza extirparían ese grano.
La señorita Leonides, que marchaba raudamente por Suipacha, se quedó boquiabierta cuando la joven se detuvo frente a aquella reliquia. La vio extraer del bolsillo de su abrigo una llave, abrir trabajosamente la puerta (cuyos llamadores la amedrentaron como dos perros que se hubieran puesto a ladrar) y luego hacerse a un lado para que ella entre. Pero la señorita Leonides no se decidía.
—¿Quién hay, quién hay ahí dentro?— preguntó, mientras espiaba el interior de la casona, envuelto en vagas oscuridades.
La joven sacudió repetidamente la cabezota.
—Nadie, nadie— dijo, y la cara se le puso repentinamente sombría, y miró a la señorita Leonides con angustia.
Entonces, con el corazón palpitante, la señorita Leonides Arrufat penetró en la casa de la calle Suipacha 78.
Un olor a humedad, a encierro, a medicamentos, a podredumbre, y a muerte, un olor que era la suma y el producto de todos los malos olores de este mundo, fue lo primero que le salió al encuentro, arruinándole la emoción que experimentaba. Hubiera preferido retroceder. Hubiera querido, al menos, llevarse el pañuelo a la nariz. Pero la joven ya la había tomado de una mano y la arrastraba hacia el fondo de aquel abismo fétido.
Atravesaron varias habitaciones en penumbra y atiborradas de muebles. Llegaron a un estrecho vestíbulo, iluminado por la luz de tormenta que se filtraba a través de una remota claraboya. Escalaron una negra escalera de madera, que rechinó y crujió bajo sus pies. Llegaron a otro vestíbulo aún más pequeño. Recorrieron un pasillo. Atravesaron una antecámara. Se detuvieron frente a una puerta. La muchacha abrió esa puerta y la señorita Leonides se encontró dentro de un lujoso dormitorio.
En los primeros instantes no vio sino la formidable cama matrimonial, cubierta con una colcha de raso blanco; el vasto ropero de tres cuerpos y espejo de luna; un abigarramiento de mesitas y poltronas, y allá, al fondo, la gran puerta ventana velada por un store de macramé. Detrás del store distinguió la mañana, y en la mañana, la silueta ocre de San Miguel, y esa imagen, entrevista desde una perspectiva para ella tan insólita, sin saber por qué la alarmó. Bruscamente todo le pareció tan absurdo que no supo cómo continuar.
Dio unos pasos por la habitación. Sentía a sus espaldas los ojos de la joven. La oía respirar entrecortadamente. Hasta se le antojaba percibir otra vez aquel estertor, aquel gemidito. Estaba azorada. La habían arrastrado, se había dejado arrastrar, hasta un escenario, y ahora esperaban que representase un papel. ¿Qué papel? Lo ignoraba. Y la joven, ahí, como un telón que se levanta, como un timbre que suena, como una mano tendida.
Buscando cómo colmar ese vacío embarazoso, la señorita Leonides hizo una cosa de lo más cómica. Se puso a examinar con denodado interés las fotografías que decoraban las paredes del dormitorio. Se miró con un hombre rubicundo y de grandes bigotes, con desvaídas señoras que ostentaban sombreros muy semejantes al suyo, otra vez con el hombre de los bigotes, con recién nacidos vestidos y desnudos, nuevamente con el hombre de los bigotes. De pronto tuvo un sobresalto. Una mujer que se le parecía extraordinariamente, que se le parecía vagamente, que tenía con ella un admirable o, no sabía bien, un borroso parecido, la contemplaba desde una de las fotografías. De pie a su lado, una niña idéntica a la joven de luto apoyaba la cabeza en el hombro de la sosías de Leonides Arrufat, y ambas, a través del objetivo de la cámara fotográfica, la miraban fijamente, con unos ojos cautelosos y pertinaces.
La señorita Leonides estaba tan estupefacta que no pudo evitar volverse maquinalmente en dirección de la joven. Esta, evidentemente, esperaba ese gesto. Y lo esperaba como una fogosa invitación a dar rienda suelta, otra vez, a sus demostraciones de cariño. Porque, aproximándose a la carrera, se le colgó del brazo, acomodó la cabeza sobre su hombro, copió fielmente la actitud de la niña de la fotografía y nuevamente repitió aquella extraña palabreja:
—Múa, múa, múa. . .
Durante unos minutos las cuatro mujeres se estudiaron.
“Evidentemente”, reflexionaba la señorita Leonides mirando a su doble, “evidentemente posee algunos de mis rasgos. Lástima ese peinado con la raya al medio. ¡La hace tan anticuada!”.
(¿Comprenden? Una mujer que parecía escapada de un álbum de fotografías del año 1920 contemplaba la fotografía de una mujer que parecía escapada del año 1920 y la hallaba anticuada. Y está bien. Porque, de lo contrario, no habría en este mundo ni jueces ni críticos).
“En cambio”, seguía pensando la señorita Leonides, “la chica salió tal cual”.
(Tal cual, menos el abotagamiento de la cara).
“De modo que aquí está la clave”, dedujo la señorita Leonides. “Me ha tomado por esa mujer, que seguramente es su madre y que seguramente acaba de morir. Vaya, así todo queda aclarado.”
La vulgaridad de esa explicación la defraudó. Había esperado otra cosa, menos fácil, más enrevesada. Y ahora, ¿qué restaba por hacer? Decirle: “Hija mía, yo no soy lo que usted imagina. Así que, por favor, déjeme ir”, e irse.
Se libró del brazo de la joven, dio unos pasos oblicuos, unos pasos en varias direcciones al mismo tiempo, como quien busca una salida, y como quien no la encuentra se detuvo y apoyó una mano sobre un mueble. Inesperadamente se vio reflejada en el espejo de luna. Una mezcla de miedo y de rabia la acometió. Y volviéndose hacia la joven prorrumpió en un torrente de palabras que no podía contener:
—¿Y bien? ¿Y bien? ¿Qué esperas? ¿Qué quieres de mí? ¿No haces nada? ¿No dices nada? ¿Te has vuelto muda?
Se mordió los labios. ¿Por qué había hablado así? ¿Y de dónde sacaba esa voz áspera y dura, como si estuviese enfadada? Pero si no estaba enfadada. No, al contrario. Su estallido era, todo lo más, un pedido de socorro. Cuando no se encuentra la salida, se grita y se da un puñetazo. Por otra parte, ¡se había visto tan ridícula en el espejo, tan desgarbada y grotesca entre los lujos del dormitorio! ¿Y ahora? Sin duda ahora la muchacha rompería a llorar.
Y no, no. Paradójicamente, la muchacha no sólo no rompió a llorar, sino que emitió una risita aguda y barboteó:
—Desayuno, desayuno.
Hizo un ademán como pidiéndole a la señorita Leonides que esperase, y salió precipitadamente.
De pie en el centro de aquella amplia habitación, la señorita Leonides pestañeaba. ¿Había oído bien? ¿La muchacha había dicho: desayuno, desayuno? Vaya, se quedaría un rato más, a ver qué significaban aquellas palabras y el ademán protector. Sí, ¿por qué no? Después de todo, no estaba cometiendo ninguna mala acción. Si alguien, digamos un pariente, un amigo, aparecía, ¿qué podía reprocharle? Nada. Desayuno, desayuno. Vaya, esperemos.
Y penetrada de un súbito bienestar, la señorita Leonides se envainó en un exacto sillón de terciopelo índigo. Pero no, hay que aprovechar mejor el instante en que nos dejan solos. Se puso de pie, se asomó fugazmente al balcón, volvió adentro, hojeó varios libros apilados sobre una especie de pupitre (libros de poesía, algunos en un idioma extranjero, todos signados en la primera página por una firma prolija: Jan Engelhard y una rúbrica como la cola de un cometa y tres puntos como tres estrellas), abrió el ropero (mil vestidos de mujer), abrió una puertecita oculta tras un biombo (la puertecita daba a un cuarto de baño inmenso como una piscina romana) y la cerró inmediatamente, como si hubiera sorprendido allí a un hombre haciendo sus necesidades; admiró una chimenea de piedra (con sus morillos cargados de leña, lista para ser encendida), un reloj de péndulo (las diez y quince, ya), innumerables estatuillas de marfil, de jade, de raras sustancias tornasoladas, y estaba acariciando el cobertor de raso cuando la joven reapareció.
La señorita Leonides enderezó instantáneamente la espalda y, como si la hubiesen pillado en falta, se ruborizó. (Tonta. Como que, para la joven, ella estaba en su propia casa y en su propio dormitorio). Pero el espectáculo que presenció en seguida le hizo olvidar sus rubores, el cobertor de raso, las estatuillas, el reloj que marcaba las diez y quince, el baño del emperador Caracalla, los mil vestidos de mujer, los libros, Suipacha, el aposento, la casona, el mundo, todo. Porque la joven había entrado sosteniendo con ambas manos una gigantesca bandeja. Y sobre esta bandeja de elevaba, en plata y porcelana, el más excelso servicio de desayuno que alguien que esté en su sano juicio pueda imaginar. La joven depositó aquel monumento sobre una mesita, acercó una silla y luego se volvió hacia la señorita Leonides, como invitándola a aproximarse.
La señorita Leonides de repente vio todo turbio. Los ojos se le nublaron. Un hambre caníbal se le despertaba rabiosamente en el fondo de las vísceras. El estómago, los pulmones, el corazón, la cabeza, todas sus entrañas se sensibilizaban, el mismo escorpión las roía todas. Sin quitarse el sombrero, tambaleante, se acercó a la mesita y se sentó.
Las manos le temblequeaban. Tuvo una última vacilación. Miró a la joven. Pero la joven, de pie a su lado, tenía el aire respetuoso de una criada de confianza que asiste a su patrona. Entonces la señorita Leonides no espero más, el hambre era más fuerte que la buena educación, que la vergüenza y el disimulo. Como a un dios hindú, diez brazos le brotaron a derecha y a izquierda, y con esos tentáculos ondulando todos a un tiempo cayó sobre la bandeja. Durante largo rato su conciencia desapareció. Una Leonides Arrufat astral manipuló cucharitas que se sumergían en jaleas rosáceas, en traslúcidas mermeladas, en perfumado té con leche, y que luego ascendían radiosamente hasta su boca; maniobró con cuchillos cargados, como diminutas grúas, de dulce y de manteca; trituró tostadas que le llenaban el cráneo de ruido, medialunas tiernas como tiernos pollos deshuesados, trozos de una torta que se desleía sobre la lengua y derramaba los más sorprendentes, los más imprevistos, los más exquisitos sabores. A ratos levantaba hacia la joven unos ojos sin pensamientos, unos ojos de mica, la joven le sonreía, ella le devolvía maquinalmente la sonrisa, y seguía devorando.
Hasta que todo el monumento quedó reducido a ruinas. Entonces la señorita Leonides se juntó otra vez con su espíritu, se recostó en la silla, dio un magistral suspiro que a mitad de camino se le metamorfoseó en un eructo, miró tímidamente a la joven, murmuró, como excusándose:
—Delicioso. Muchas gracias.
Y experimentó una repentina simpatía por aquella joven.
La muchacha, cada vez más parecida a una honesta sirvienta polaca o alemana, tomó la bandeja con los modos tranquilos de quien repite un acto cotidiano y se la llevó. La señorita Leonides se puso de pie, se quitó el sombrero, se quitó el abrigo, se aflojó el cinturón, y fue a instalarse en la poltrona de terciopelo. (Al pasar cruzó una miradita con la Leonides del espejo de luna, las dos se encogieron de hombros, lanzaron una breve risa y puestas de acuerdo, se separaron). La señorita Leonides se sentía súbitamente optimista y no sabía por qué. Olas de abnegación y de bondad le trepaban por el cuerpo. Tenía ganas de conversar. De conversar con la muchacha, con alguien, con cualquiera. El mundo es hermoso. La gente es simpática. Hay que vivir. Así son de profundos los efectos de un tremendo desayuno.
Cuando la chica volvió, la señorita Leonides, balanceando una pierna y pasándose la lengua por los dientes, le preguntó:
—Querida, ¿de veras estamos solas?
La muñequita dijo que sí con toda su cabezota.
—Y ese desayuno, ¿lo preparaste tú?
Otra vez la cabezota se sacudió como la de una marioneta.
— ¿Sin la ayuda de nadie?
Una sonrisita socarrona afloró entre los labios pulposos.
—¿No se acuerda? ¿No se acuerda, mamá?— farfulló con una voz de algodón, como si hablase con la boca llena— ¿No se acuerda?
—¿No me acuerdo de qué, querida?
—Despedimos a Rosa y a Amparo. ¿No se acuerda, no se acuerda?
—Ah, si. Pero abajo, ¿hay alguien más?
—Nadie, nadie.
Pero la señorita Leonides procuraba asegurarse.
—Y después, digamos esta tarde, o mañana, u otro día, ¿quién vendrá? ¿Tendrás visitas?
—Nadie, nadie.
Está bien, nadie. Por lo visto, aquella desdichada no tenía familiares ni amigos, vivía sola en la vasta mansión, estaba sola en el mundo. La señorita Leonides se sintió íntimamente complacida.
—Querida —dijo en un tono insinuante—, ¿te gustaría que me quedase aquí, a vivir contigo?
En seguida se arrepintió. Había dado un paso en falso. Por toda respuesta, la muchacha se puso de hinojos frente a la señorita Leonides, le cogió ambas manos, la miró de hito en hito, una expresión de horrible congoja se le pintó en el rostro llameante, y como al mismo tiempo la odiosa sonrisita socarrona empezó a titilarle otra vez entre los labios, esa fisonomía siniestramente dual aterrorizó al ídolo así exhortado a la benevolencia.
—Si tú quieres —tartamudeaba la señorita Leonides—, si tú quieres me quedaré... me quedaré todo el tiempo que... Y como la figura arrodillada seguía escrutándola catatónicamente, gritó:
—¡Para siempre, para siempre, me quedaré para siempre!
Entonces la joven estalló en una especie de frenética contorsión. La congoja se le borró de los ojos, la pérfida sonrisita hirvió, se corrió hasta las comisuras de los labios, reventó como un burbujeo palúdico. La señorita Leonides se vio abrazada, estrujada, besada. Un repulsivo hipo repiqueteó junto a su boca. Dos manos húmedas le acariciaron el pelo. La señorita Leonides no podía tolerar que nadie le tocase el pelo. Se debatió bajo aquellas repugnantes caricias. En un impulso irreprimible le asestó a la muchacha un bofetón y gritó:
—¡Déjeme! ¡Déjeme! Instantáneamente la joven se echó hacia atrás, dejó caer las manos, se puso muy pálida, muy blanca (y así, blanco, su rostro semejó la réplica, en pálido mármol, del otro rostro, rojo y dorado, de campesina), las pupilas le temblaron, pero el espectro de su extraviada sonrisa siguió dándole detrás de los labios.
La señorita Leonides no estaba menos pálida. ¿Qué había hecho? ¿Por qué había cedido a esa crisis de histerismo? ¿Así le retribuía a aquella pobre criatura inocente su desayuno y su devoción? ¿Eran más importantes, por lo visto, sus pequeñas manías con el pelo? Pobre chiquita, pobre muñequita. Y cuando vio que en la mejilla de la joven comenzaba a dibujarse la señal del golpe, se sintió al borde del llanto. Pobre muñequita, pobre loquita.
—Discúlpeme —murmuró, y le tendió una mano contrita que imploraba perdón.
(Sí, perdón, perdón. Pero, ¿no había forma de que se dejara de sonreír?)
La joven tomó esa mano venosa y descarnada, se la llevó a la mejilla, la mantuvo allí como si fuese una compresa (la cara le ardía. “¿Tendrá fiebre, estará enferma?”, pensó la señorita Leonides), en seguida los colores le volvieron, la cobarde agua temblorosa se le desvaneció en los ojos. Fue otra vez la aldeana que viene, con un pesado canasto sobre la cabeza, de vendimiar todo un día a pleno sol.
Después se sentó en el suelo, a los pies de la señorita Leonides. Así, inmóviles y silenciosas, ambas permanecieron un largo rato, mientras perseguían con perezosa mirada el abejorro de la cavilación y del ensueño.
A ratos la señorita Leonides se volvía a mirar a hurtadillas la gran cama matrimonial. Esa cama la hechizaba, la imantaba. Qué delicioso debía de ser acostarse allí, no para dormir, sino para estarse horas y horas descansando, leyendo o tomando té. Muchas veces, en su casa, había proyectado quedarse varios días en cama. Porque si, porque al levantarse se había dicho: ¿para qué levantarme?, ¿para qué repetir esta rutina inútil?, ¿para qué? Pero en su casa ese programa no tenía nada de seductor. Mirar las manchas de humedad de las paredes, imaginar que son monstruosos órganos enfermos, solfear con los rosetones del cielo raso, pensar: “Dentro de diez minutos me moriré, dentro de cinco minutos, dentro de un minuto, ahora”, gritar y volver a empezar. En cambio, aquí era distinto.
Hasta que la señorita Leonides ya no aguantó más. Se levantó, se acercó al lecho, se puso a mirarlo fijamente como si estuviera observando a una persona acostada en él. En seguida sintió que dos manos de fuego se posaban sobre sus hombros y comenzaban a desvestirla. Un minuto después flotaba en el seno de aquel vasto lecho como en una agua limpia, braceaba entre sábanas de hilo bordado, hacía reposar la cabeza en una almohada de plumas, tibios cobertores la abrigaban como un fino edredón de arena. Y todavía una muchacha se inclinaba y la besaba en la frente y luego iba a encender un espléndido fuego.
La señorita Leonides cerró los ojos, Lágrimas de felicidad se agolparon bajo sus párpados. Mil yemas heladas se le desentumecían en los hondores del espíritu y se abrían como corolas. Viejos mecanismos paralizados se desoxidaban, volvían a ponerse en movimiento, giraban. Se sentía navegar en el vórtice de mil corrientes encontradas pero todas igualmente deleitosas. Dios mío, por fin estaba a cubierto de la soledad, de la pobreza, de las mujeres que se abrazan en los paseos públicos, de las hordas de muchachones y de Natividad González. Que nadie viniera a arrancarla de aquel paraíso. Que le permitiesen permanecer en él cuanto menos un día, siquiera unas horas. Y como reivindicándolo para sí, acariciaba con pies y manos el inmenso lecho de una emperatriz.
Ese primer día transcurrió rápidamente, despachado y como sableado por las sorpresas, las novedades, la constante tensión. De todos modos, la señorita Leonides no lo pasó mal. La chica le preparó un almuerzo que multiplicaba por diez el desayuno; luego le sirvió una copita de una bebida fortísima, que le desolló la garganta y la hizo reír durante un buen rato (la joven, aunque no probó el licor, la acompañó en las carcajadas); luego la señorita Leonides charló hasta por los codos, sin importársele un bledo si la chica la escuchaba o no, porque ella hablaba para desengarabitarse le lengua, no para ser oída por una pobre loca; luego vino la tarde y la señorita Leonides, por no despreciar, engulló una copiosa merienda; luego la joven se sentó frente al pupitre con libros (que resultó ser una especie de arcaico piano) y le arrancó unos tintineos de cajita de música que emocionaron terriblemente a la señorita Leonides; luego todos los sonidos se apagaron, llegó la noche, la muchacha encendió una lámpara que pintó de rosa el dormitorio; luego la señorita Leonides quiso asomarse un momentito al balcón y ver desde allí arriba cómo era Suipacha de noche; luego cenó; luego la joven leyó en voz alta (y haciendo ademanes) un poema en el que alguien invocaba a cada rato a un tal Anabel Anabelí; luego, arrullada por aquella letanía, la señorita Leonides se durmió.
No comprendía cómo, si la ventana estaba siempre a su izquierda, ahora la veía a la derecha. ¿Y qué diablos era ese reflejo rojizo que reverberaba como un carey en el sitio de la cómoda? Se incorporó bañada en sudor. Debieron pasar varios minutos antes que se diese cuenta de que no se encontraba en su casa, sino en la casa de la calle Suipacha 78. La aventura que estaba viviendo se le antojó, de pronto, una disparatada pesadilla, un sueño que ahora, al despertarse, volvía a soñar. Sus manos tantearon en el aire. Dio con la lámpara y la encendió. Estaba sola. Una última brasa ardía en la chimenea. El reloj marcaba las tres.
Como una sonámbula se levantó y salió del dormitorio. Abajo brillaba, lejanísima, una luz. Entrevió la escalera, la descendió en medio de sordos rechinamientos, llegó al vestíbulo. Caminó con los ojos fijos en aquella luz remota. No era ella la que se movía, sino la luz la que avanzaba a su encuentro. Bajo las plantas de los pies sintió alfombras, pisos de madera, mosaicos. Un objeto puntiagudo la golpeó en la pantorrilla. Otro, tenue como una telaraña, le rozó la frente. La luz se aproximaba, se dilataba, se convertía en el vano de una puerta iluminada. Detrás de la puerta se oían ruido de vajilla y la voz de una mujer que barboteaba palabras ininteligibles. La señorita Leonides se detuvo y esperó. El corazón le latía con fuerza. Luego, sigilosamente, dio unos pasos y se colocó de modo que pudiera observar el interior de la habitación donde resonaba aquella charla. Vio que era una amplia cocina, y que por esa cocina iba y venía, cubierta con un delantal y con el pelo cayéndole sobre los ojos, la enigmática muchacha de luto. ¿Qué hacía allí a esas horas? ¿No dormía? ¿Y con quién hablaba? ¿En qué idioma hablaba? Y esa voz voluble, modulada, llena de matices, como la de una actriz, ¿era la suya? La señorita Leonides permaneció un rato observándola. Parecía atareadísima. Acomodaba pilas de platos, abría y cerraba las puertas de un armario, fregaba cacerolas, se sentaba a una mesa de mármol y escribía, con un lápiz cuya punta mojaba en la lengua, en un cuaderno de tapas de hule. Y todo esto sin cesar en su bárbara jerigonza. Como no hacía pausas, como nadie le respondía, la señorita Leonides comprendió que la joven hablaba sola.
La señorita Leonides se estremeció. Quiso volver por donde había venido, pero ahora no había ninguna luz que la orientase. Caminó en cualquier dirección, tropezó con una pared, unos muebles le bloquearon el paso, no sabía dónde se hallaba, se había perdido, gritó.
Se oyó una corridita, dos manos se apoderaron de las suyas, una voz le murmuró al oído:
—Venga, mamá, venga.
La joven la guiaba lentamente a través de aquel laberinto tenebroso; la tranquilizaba con una suerte de zureo, como a un niño; le apretaba con fuerza la mano.
La señorita Leonides gemía y se dejaba conducir.
Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se encarnan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, en enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.
Lo decidí.
- Capítulo 1
Aún no había comenzado a clarear cuando la señorita Leonides Arrufat salió de su casa.No se veía un alma en la calle.La señorita Leonides caminó pegada a las paredes, los ojos bajos, el cuerpo tieso, el paso enérgico y casi marcial, como conviene que camine a esas horas una mujer sola si además es honesta y por añadidura soltera, aunque tenga cincuenta y ocho años. Porque nunca se sabe.(Pero, ¿quién se hubiera atrevido a abordarla? Vestida toda de negro, de pies a cabeza, en la cabeza un litúrgico sombrero en forma de turbante, al brazo una cartera que semejaba un enorme higo podrido, la figura alta y enteca de la señorita Leonides cobraba, entre las sombras, un vago aire religioso. Se la hubiera podido confundir con un pope que al abrigo de la noche huía de alguna roja matanza, si la sonrisa que le distendía los labios no mostrase que, por lo contrario, aquel pope corría a oficiar sus ritos).Marchaba tan de prisa que las rodillas, filosas y puntiagudas, golpeteaban en la falda del vestido, en el ruedo del tapado, y vestido y tapado le bailaban alrededor de las piernas como una agua revuelta en la que chapotease, y de cuyas salpicaduras parecía querer salvar el ramito de hojas y de flores que sostenía reverentemente con ambas manos a la altura del pecho.Al llegar a la casa de aquel niño paralítico que una vez le había sonreído depositó sobre el umbral de la puerta de calle una flor de pasionaria, inclinó la frente, y en voz alta rezó: “Oh, Señor, a cuya voluntad corren los momentos de nuestra vida, acoge las ruegos y ofrendas de tus siervos, que te imploran por la salud de los enfermos, y sánalos de todo mal”.Siguió caminando.En el balcón de la casa de Ruth, Edith y Judith Dobransky puso una rama de vincapervinca atada con una cinta rosa, y oró: “Que el Dios de Israel sea el tabernáculo de tu virginidad, oh doncella, y te salve de las tentaciones de la serpiente”.Siguió caminando.Arrojó tres hojas de cineraria en el jardín de un chalet frente al cual, varios días antes, había visto detenido un cortejo fúnebre, y en un intrépido latín musitó: “Requiem ae ternam dona eis, Domine, y lux perpetua luceat eis”.Siguió caminando.Ahora le llegaría el turno a Natividad González. A esa mujerzuela le dejaba diariamente, desde hacía meses, una ostentosa rama de ortiga. La señorita Leonides tenía decidido que la rama de ortiga fuese como una esquela donde, sin usar malas palabras pero con todos sus puntos y comas, se invitara a la destinataria a mudarse de barrio. Pero Natividad González parecía ser analfabeta al idioma de la ortiga y no se mudaba nada. De modo que la señorita Leonides se veía en la penosa obligación de insistir en sus urticantes intimaciones de desalojo.Pero cuando aquella mañana se detuvo frente a la casa de Natividad, cuando abrió la cartera y, conteniendo la respiración (a fin de volverse inmune al veneno de la ortiga), extrajo su mensaje; cuando iba a colocarlo sobre el umbral, un rayo cayó sobre ella y la fulminó. El rayo era Natividad.La cual Natividad, con cara de no haber dormido, con cara de haber estado toda la noche en acecho, pálida y despeinada, se plantó frente a la señorita Leonides y se puso a insultarla clamorosa y concienzudamente. La llamó con nombres erizados de erres y de pes como de vidrios rotos, le adjudicó imprevistos parentescos, le atribuyó profesiones a las que se suele calificar ya de tristes, ya de alegres; la apostrofó como los peores pecadores seremos apostrados el Día del juicio, y, en fin, la exhortó a perpetrar con la pobre ortiga los más heroicos y los menos vulgares usos y abusos. Se hubiera dicho que Natividad se había multiplicado por ciento y que las cien Natividades chillaban todas juntas. ¿De dónde sacaría aquella mujer tantas palabras? La señorita Leonides tuvo la aterradora sensación de una lava volcánica que avanzaba hacia ella y en la que, si no escapaba a tiempo, quedaría atrapada para siempre como un habitante de Pompeya. Para zafarse del río de fuego y no morir dio media vuelta, y todo lo decorosamente que pudo, se alejó.(Quiero decir que corrió como una loca, por cuadras y cuadras, hasta que no pudo más. Cuando las piernas se le doblaban como alambres se detuvo. Jadeaba. El tambor del pulso le ensordecía los oídos. Debajo de la ropa todo su cuerpo destilaba un mucílago helado. Los pies le latían como corazones. Bizqueaba y sentía deseos de vomitar. Tardó un siglo en serenarse).Para ir a tomar el tranvía dio un larguísimo rodeo, porque allí mismo se juró no volver a pasar jamás delante de la casa de Natividad. Jamás. Y como refirmando aquel solemne juramento, arrojó al suelo el resto de las flores que todavía conservaba en una mano y que parecían repentinamente marchitas, quemadas, sin duda, bajo el azufre de los insultos.Entretanto, una especie de relámpago fijo se instalaba en el cielo, y espoleado por esa tormenta apareció, como salido de alguna casa, el primer tranvía.La señorita Leonides lo tomó, se sentó junto a una ventanilla, y una infinita calle, compuesta con los trozos de muchas calles, comenzó a rodar bajo sus ojos. Se lo conocía de memoria ese itinerario. Pero no importa, ella siempre hallaba la forma de entretenerse. Contaba, por ejemplo, los árboles de la acera (salteándose uno que otro que le resultaba antipático), buscaba en los carteles murales las letras de su nombre, trataba de adivinar cuántas personas de luto vería antes de llegar a la sexta bocacalle. Cuando se tiene imaginación, uno no se aburre.(La verdad es que estos juegos habían terminado por convertirse en obsesiones. La señorita Leonides no podía sentarse en el cuarto de baño sin contar los azulejos de la pared. En la cocina solfeaba furiosamente con los ocho vidrios de una ventana. Mientras caminaba por la calle iba agrupando los mosaicos en cruces, en estrellas, en grandes figuras poligonales. A veces el dibujo era tan complicado que tenia que dejar de caminar para terminarlo. Y entonces había que verla, de pie en medio del río de peatones, paseando por el suelo un arabesco de miradas que excitaba la curiosidad de todo el mundo).Pero aquella mañana la señorita Leonides no estaba para juegos. Tan pronto como se ubicó en el asiento de madera del tranvía, los céfiros del pensamiento la raptaron y le llevaron lejos, la transportaron hasta la casa de Natividad González.¡Dios mío, qué lenguaje había empleado aquel basilisco! La señorita Leonides no recordaba, concretamente, ninguna palabra; todo se fundía en un mismo galimatías inextricable. Pero que esa fritura estaba condimentada con los insultos más atroces, no lo dudaba. Fíjese: una mujerzuela se permitía vejar, en plena calle y a voz en cuello, a la señorita Leonides Arrufat. Y ella, ¿cómo se lo había consentido? Ah, no, era necesario volver a poner las cosas en su sitio. Y comenzó a injuriar mentalmente a Natividad. No disponía del vasto repertorio de la otra, pero ¿qué importaba? Se conformaba con una sola palabra. Una palabra terrible. Arrastrada. Y la repetía como una fórmula mágica,-como un conjuro, como quien redobla golpes sobre un clavo rebelde. La repetía hasta el éxtasis, hasta el vértigo y la embriaguez angélica. Se imaginaba que aquella palabreja, así salmodiada, volaba por encima de las calles y los edificios, llegaba hasta la propia Natividad, caía sobre la miserable como una lluvia de ardientes alfileres, la derribaba y la arrojaba al suelo, allí le sorbía el orgullo, la juventud, la belleza, aquel maligno vigor que había despegado con la señorita Leonides, y, por fin la abandonaba como una nube de langostas a un árbol seco.(Y mientras concebía estos seductores destinos para Natividad, la señorita Leonides temblaba en su asiento y hacía pequeños ademanes y gestos espasmódicos, de modo que la persona sentada a su lado podía pensar que la señora del turbante abacial no estaba en sus cabales. O tal vez pensase, como alguien lo pensó, que la había reconocido y que toda esa mímica era atribuible a la emoción o equivalía a un secreto mensaje cifrado).De pronto la señorita Leonides recordó algo. Sí, un pequeño episodio dentro de la gran escena con Natividad. En su momento lo había mirado sin verlo, y en seguida el terror lo sepultó bajo sus ondas. Pero ahora que esa agua turbia se había evaporado, el pequeño episodio reaparecía. Fíjense que Natividad, mientras acribillaba de palabrotas a la señorita Leonides, había acercado inadvertidamente un pie descalzo a la ortiga, y la ortiga la había mordido. Como diciéndole: “Grazna todo lo que quieras, que yo lo mismo te clavo las uñas, porque así !o ordena mi ama. Yo la obedezco a ella, no a ti”. Y Natividad había dado un respingo, había apartado el-pie de la ortiga como de una brasa, y exacerbada más por la humillación que por el dolor se había puesto a aullar como una loca. Recordándolo, la señorita Leonides sufrió un ataque de hilaridad. Se sofocaba. Debió llevarse el pañuelo a los labios. Pero no pudo evitar que los hombros se le sacudiesen y que una ráfaga de risa se le escapara estrepitosamente por la nariz.Espantados por ese ruido, los céfiros soltaron a la señorita Leonides y la dejaron caer otra vez en el tranvía. La señorita Leonides se movió sobre su asiento, tosió, compuso una cara de dignidad ultrajada y se volvió hacia la persona ubicada a su lado.Fue como virar en redondo y chocar con la punta de un cuchillo. Porque la persona ubicada a su lado era una muchachita (confusamente la distinguió rubia, un poco gorda, vestida de luto), y esta muchachita, hundida en su asiento, las manos en los bolsillos del abrigo, inmóvil y como con el alma en suspenso, tenía el rostro resueltamente vuelto hacia la señorita Leonides y la miraba. Pero la miraba no como una persona momentáneamente sorprendida porque oyó que alguien se reía solo, sino como quien espera esa risa y sabe que después de esa risa ocurrirá una cosa tremenda, y ahora espera que esa cosa tremenda suceda.La señorita Leonides apartó la vista (la apartó trabajosamente, como si para hacerlo, qué cosa tan extraña, hubiera tenido que desmontar un engranaje) y se dedicó a mirar a través de la ventanilla. Esperó un rato y luego miró hacia adelante. No necesitó más para comprobar que la muchacha no había cambiado de posición.Volvió a mirar por la ventanilla y volvió a mirar hacia adelante. La muchacha no se había movido.“Es una pobre loca”, pensó.Pero con pensar que es una pobre loca no se gana mucho si la pobre loca está sentada a nuestro lado y nos escruta hipnóticamente. La señorita Leonides no sabía qué hacer. Se sentía vagamente amenazada. Le parecía que aquella muchacha había comenzado a envolverla, a comprometerla. A partir del momento en que las dos se miraron, la joven había dejado de ser una desconocida. Estaba posesionándose de ella. La invadía. Le trasvasaba una responsabilidad, una carga, un peligro. Hasta la coincidencia de estar vestidas de luto creaba entre ambas un misterioso vínculo que las separaba de los demás y las colocaba juntas y aparte.Los ojos de la señorita Leonides iban de la ventanilla a la puerta delantera del tranvía y viceversa, y gracias a ese ir y venir vigilaba a la muchacha. Y la muchacha seguía mirándola.La señorita Leonides abrió y cerró repetidas veces la insondable cartera, carraspeó enérgicamente, canturreó en voz baja, se puso a leer las fascinantes inscripciones del boleto, demostró en todas formas que no estaba intimidada.Y la muchacha seguía mirándola. Seguía mirándola, seguía mirándola.“Como me siga mirando así (gemía mentalmente la señorita Leonides) voy a preguntarle si tengo monos en la cara. ¿Pero no se da cuenta del papel que hace? ¿O seré yo la que llamo la atención? ¿Tendré algo en la oreja? ¿Se me habrá puesto la cara violácea? ¿Estaré por morirme?”Abandonándose a una suerte de vértigo sé volvió hacia la joven. ¿Para qué lo hizo? Debió apartar rápidamente la vista. Pues aquella chiflada seguía mirándola, si, pero las pupilas que antes parecían esperar algo tremendo ahora se habían hecho añicos. La muchacha lloraba. Lloraba silenciosamente, sin un gesto, sin un movimiento. Lloraba con las manos en los bolsillos. Encogida en su asiento, lloraba. Lloraba y miraba a la señorita Leonides. Miraba a la señorita Leonides y amargamente le reprochaba no cumplir con el pacto.¿Con el pacto? ¿Con qué pacto? La señorita Leonides perdió la cabeza. Bruscamente se puso de pie, pasó por delante y por encima de la joven, literalmente la aplastó, sintió bajo sus pies los pies de la otra, le pareció que la muchacha intentaba detenerla, que murmuraba algo, pero ella no debía escucharla, porque si la escuchaba estaría perdida, perdida para siempre. Corrió por el pasillo, chocó con un pasajero, le gritó al conductor que detuviese el tranvía, cuando el tranvía llegó a la esquina se arrojó del pacífico vehículo como de un edificio en llamas, trastabilló, estuvo a punto de caer, se alejó por la calle a todo lo que se lo permitían las piernas. Ni una sola vez se volvió a mirar hacia atrás.Estaba en San Martín. Desde San Martín y Córdoba oyó las campanas del Santísimo Sacramento. La iglesia la acogió como siempre la recibían todas las iglesias: como el asilo secreto que la ponía a salvo de los infinitos males de este mundo.